Después de una tarde de mierda en la sede, he tenido que pasar por el piso del Barrio Chino a recoger una mochila. Al llegar al portal, todos esos indígenas, recién llegados de la selva, se estaban dando de hostias los unos a los otros. Mientras la tangana aumentaba por momentos, yo picaba con insistencia a los dos merluzos para que bajasen a abrirme, no fuese que me salpicasen las hostias que llovían a diestro y siniestro. Cuando de repente, como si de una aparición Mariana se tratase, lo he visto acercarse a mi. Vestido de un blanco impoluto, ha reparado en mi presencia y me ha sonreído. Se ha parado y yo, cual novia despechada, le he recriminado que no me cogiese el teléfono estas últimas tres semanas. Mediante monosílabos me ha explicado que ha estado 20 días fuera. ¿Dónde? Ni puta idea. Bastante he tenido con entender lo poco que he podido. El caso es que le he dicho que este finde le llamo sin falta. Dios bendiga Afganistán.
martes, 1 de julio de 2008
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